Agarraba historias con ambas manos. Con los ojos les clavaba las uñas que no tenía. Las asfixiaba hasta dejarlas moribundas. “No hay vuelta que darle: no me satisfacen las cosas a medias”, pensaba antes de medianoche.
“Amo escribir, pero estoy harto de estos escritos fragmentarios. Siento que cada uno de ellos representa simbólicamente una ínfima pérdida de sangre. Es como si me desangrara de a poco, y quiero que sentarme a escribir sea como una daga destrozándome la yugular. Quiero estar dentro de la escena del crimen, no en la guardia de un hospital haciendo presión con una toalla enrojecida. Ya es tiempo de escribir una novela”, pensaba a medianoche mientras se miraba en el espejo.
Tres horas después de medianoche se apagó la última luz del edificio. En diálogo socrático con el amigo delirante, lo condenaron al destierro. Se arrastró por las sombras del patio, como si los ojos del gato no percibieran su sigilosa huida.
Usar el ascensor sería una locura, por eso prefirió improvisar una soga con todas sus sábanas. Estaba en un cuarto piso y arrojarse desde ahí era un riesgo innecesario. Los grillos que sobrevivieron darwinianamente a la última fumigación se encargaron del sonido ambiental (los ojos del gato dirigieron la orquesta).
por Pablo Mariosa '09
jueves 19 de noviembre de 2009
Sobre un escritor que tuvo que huir
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viernes 6 de noviembre de 2009
. . . Allison Crowe . . .
¡Hola a todos!
Les pido disculpas por mi ausencia. Voy a intentar visitar sus blogs durante los próximos días.
Este breve escrito está dedicado a la pianista y cantante canadiense Allison Crowe.
Les agradezco por sus visitas y comentarios.
***
Ella se desliza entre los cuatro vientos con su voz excepcional.
Su ser canadiense se diluye en un canto universal; tan universal que al terminar se le escapa una sonrisa de timidez, como si todo el mundo entendiese y llegase a sentir sus deseos. Y así se percibe: uno cierra los ojos y las notas se convierten en imágenes. Cada compás es un fragmento onírico, cada frase y estribillo, un trozo de su cielo nocturno.
Antes de que vuelva a respirar profundamente, uno desea tomarle las manos para sentir lo mismo. Pero es mejor no hacerlo, ya que sus dedos suelen deslizarse entre teclas blancas y negras, sus pies entre pedales desgastados por el uso y la pasión, y su voz entre los cuatro vientos.
Es mejor darle su espacio, su tiempo. Sentarse cerca y deleitarse con su arte.
Enamorarse, llorar, sonreír.
por Pablo Mariosa '09
Les pido disculpas por mi ausencia. Voy a intentar visitar sus blogs durante los próximos días.
Este breve escrito está dedicado a la pianista y cantante canadiense Allison Crowe.
Les agradezco por sus visitas y comentarios.
***
Ella se desliza entre los cuatro vientos con su voz excepcional.
Su ser canadiense se diluye en un canto universal; tan universal que al terminar se le escapa una sonrisa de timidez, como si todo el mundo entendiese y llegase a sentir sus deseos. Y así se percibe: uno cierra los ojos y las notas se convierten en imágenes. Cada compás es un fragmento onírico, cada frase y estribillo, un trozo de su cielo nocturno.
Antes de que vuelva a respirar profundamente, uno desea tomarle las manos para sentir lo mismo. Pero es mejor no hacerlo, ya que sus dedos suelen deslizarse entre teclas blancas y negras, sus pies entre pedales desgastados por el uso y la pasión, y su voz entre los cuatro vientos.
Es mejor darle su espacio, su tiempo. Sentarse cerca y deleitarse con su arte.
Enamorarse, llorar, sonreír.
por Pablo Mariosa '09
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viernes 23 de octubre de 2009
Cuando su amor se fue al norte
El sabor del café persistía en su paladar, en su lengua, en sus labios. El último beso se les escapó entre un incómodo abrazo. Que te quedes, que no te vayas, que allá también vas a sufrir porque vas a dejar de ser cualquier cosa menos un ser humano. Y ella con que no, con que en el norte esto y aquello, porque las películas y la concepción del arte, que no pienso acostarme con ningún director, que con mi nivel de inglés y mi breve pero intensa carrera no voy a pasar desapercibida…
El mozo no se animó a traerle la cuenta. Sabía que él volvería. La que se marchaba era la chica de blanco, la rubia que despertaba pasiones en las estrechas veredas del Centro pero que, al menos ahí, nadie miraba más que a los ojos por respeto al mejor cliente del bar.
Después de todo, había algo más que una relación de “un café, por favor”, “gracias” y “la cuenta, por favor”, “gracias”. Por eso le costaba horrores pasar con la escoba para barrer las lágrimas del mejor cliente del bar. Y la rubia ya debía estar en la esquina, lo sabían por las bocinas, por los rítmicos juegos de luces.
“El mundo fue y será una porquería” rezaba un cartelito colgado detrás de la caja. A esa hora, cuando levantaban el azúcar y el edulcorante para poner los individuales y los platos como un anticipo de las cenas, el dueño del bar, un tipo robusto, taciturno, parecía saber que aquella frase del tango convertía su bar en una suerte de oráculo de Delfos cada vez que ocurría algo así.
El mejor cliente se paró sin saludar y se marchó sin pagar, cabizbajo, arrastrando los pies y los ojos en vaya-a-saber-qué-lugar.
El mozo se acercó a la caja, apoyó el codo en la barra y le comentó al jefe que el tipo este iba a volver, que le descontara el café de su recaudación de propina, que la rubia se fue para no volver y qué hay de menú para los que vengan a verse por última vez esta noche.
por Pablo Mariosa '09
El mozo no se animó a traerle la cuenta. Sabía que él volvería. La que se marchaba era la chica de blanco, la rubia que despertaba pasiones en las estrechas veredas del Centro pero que, al menos ahí, nadie miraba más que a los ojos por respeto al mejor cliente del bar.
Después de todo, había algo más que una relación de “un café, por favor”, “gracias” y “la cuenta, por favor”, “gracias”. Por eso le costaba horrores pasar con la escoba para barrer las lágrimas del mejor cliente del bar. Y la rubia ya debía estar en la esquina, lo sabían por las bocinas, por los rítmicos juegos de luces.
“El mundo fue y será una porquería” rezaba un cartelito colgado detrás de la caja. A esa hora, cuando levantaban el azúcar y el edulcorante para poner los individuales y los platos como un anticipo de las cenas, el dueño del bar, un tipo robusto, taciturno, parecía saber que aquella frase del tango convertía su bar en una suerte de oráculo de Delfos cada vez que ocurría algo así.
El mejor cliente se paró sin saludar y se marchó sin pagar, cabizbajo, arrastrando los pies y los ojos en vaya-a-saber-qué-lugar.
El mozo se acercó a la caja, apoyó el codo en la barra y le comentó al jefe que el tipo este iba a volver, que le descontara el café de su recaudación de propina, que la rubia se fue para no volver y qué hay de menú para los que vengan a verse por última vez esta noche.
por Pablo Mariosa '09
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